Comuniones : ¿Celebración o despropósito?

Comuniones : ¿Celebración o despropósito?

Mayo es, tradicionalmente, el mes de las primeras comuniones. Nunca en el año como estos días se ven nuestras iglesias llenas. ¿De fieles?. No. Más bien de desfiles de modelos. Desde luego, de incoherencias.

Es un problema pastoral que se viene arrastrando desde hace años. Las primeras comuniones, además de ser, en muchos casos, las últimas, se están convirtiendo en un contrasigno evangélico.

La industria del comercio ha olido el negocio y se ha lanzado a exprimirlo. A todo trapo. Convirtiendo las primeras comuniones en pequeñas-grandes bodas. Con idéntico exceso. Y lo que es peor, transformando el sacramento en un mero rito social y de exhibición de nivel económico. Hay más parafernalia con las niñas de comunión que con las novias. Peluquería hasta tres veces: una prueba, otra vez para las fotos y otra el día de la comunión. Tintes temporales que les sacan más brillo al pelo ese día. Manicuras, y maquillaje: un poco de colorete y brillo en los labios, pero otras veces nos dicen “tapa esos granitos, las ojeras…”. Estamos hablando de niñas de nueve o diez años –Los vestidos (con conocidos diseñadores entregados a su confección), las fotos, los zapatos y complementos, los regalitos, la comida, la celebración… Hay comuniones a las que acuden más invitados que a muchas bodas.

Todos los años por estas fechas se levantan voces (incluso de obispos) denunciando esta lamentable situación pastoral. Pero nadie (o casi nadie) hace nada. Hace años, algunos sacerdotes impusieron en sus parroquias el rito igualitario. Es decir, obligaban a que niños y niñas se vistiesen con túnicas sencillas e iguales para todos. Algunos colegios religiosos utilizan el uniforme colegial. Pero la mayoría sucumbe a los cantos de sirena de una desaforada sociedad de consumo.

Es verdad que en muchas diócesis se ha aumentado el recorrido catequético que hay que seguir para poder recibir la Primera Comunión. La intención en principio es desanimar a quienes no estén del todo convencidos. Pero mientras ésta siga siendo la excusa perfecta para montar una fiesta y vestir a nuestro niño o niña de almirante, princesita etc., no será suficiente filtro. En tiempos de frivolidades, muchos padres no ven un inconveniente en no profesar la fe que están haciendo abrazar a sus hijos con tal de hacer unas buenas fotos. Pero es que quienes sí somos creyentes, no siempre advertimos la incoherencia grave que supone convertir ese día en un monumento al despilfarro, el barroquismo y la ausencia total de sentido común.

Lidiar con esa feria de vanidades familiares presenta una gran dificultad. Es ir contracorriente. La culpa está repartida entre muchos: familias, sociedad de consumo, negocio de fotógrafos parroquiales, tiendas de vestidos de 1ª comunión y regalos a los niños, aceptación resignada por parte de muchos responsables de Catequesis etc….
Es difícil colocar las cosas en su sitio, pero esto no es pretexto suficiente para no intentarlo.

Creo que de alguna manera debe quedar patente que se trata de una fiesta para la Iglesia, en la que los protagonistas deben ser el Sacramento que van a recibir y los niños. Hay que discernir, informar bien, comprender, pero sin ceder en lo que es esencial en el Sacramento de la Eucaristía y sobre quién lo puede recibir y cuáles son las condiciones que establece la Iglesia. Las fiestas excesivas no son buenas. El lujo y el exceso no encajan con la Eucaristía. Con ello, la familia, principalmente los padres, debemos asumir el compromiso de acompañar a nuestros hijos en la fe, y no convertir el momento en tan sólo un acto social, que en muchos casos culmina con una celebración en la que se incurren en gastos exagerados.

Y vosotros ¿ qué pensáis ?

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