Deseo consumido

Deseo consumido

Ha terminado la Navidad, hemos dado la bienvenida al 2017, los Reyes se han marchado a Oriente y espero que  el espíritu navideño no nos haya atropellado. No hablo del verdadero espíritu de la Navidad, ese de la austeridad de un pesebre, de la entrega y del amor de Jesús de venir a hacerse hombre y crecer en este mundo al que tantas veces no le encontramos sentido. Más bien estoy pensando en la vorágine de compras, de comida y de regalos, en el  descuadre en el presupuesto mensual que obliga a apretarse el cinturón en uno de los meses más difíciles, en el Deseo Consumido,  en experimentar el hastío del consumismo navideño, que pasada la fiesta nos deja con una sensación de relajo y de vacío. Si hay una época del año en la que falla la virtud de la austeridad esta sería, sin ninguna duda, la Navidad. Y la familia, la organización donde esto sería más palpable.

La austeridad no tiene que ver nada con la tacañería, la roñosería, ni la cicatería. Y sí tiene mucho que ver con la generosidad y el desprendimiento, con estar abierto a las necesidades de los demás.

En una sociedad donde el aparentar está al orden del día y donde parece que los regalos más aparentes, más caros o más contundentes son los mejores, la frase bíblica  “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” revierte el orden de las cosas.

En este contexto es en el que hay que educar a nuestros hijos en el uso correcto del dinero, para que sean poseedores del mismo y no al revés, estar dominados por el dinero, tener en él su tesoro.

Leía estos días en el blog de Emilio Calatayud, juez de menores lo siguiente: “A mí me consta que hay padres que han llegado a gastarse el paro o la ayuda familiar en un móvil para sus hijos. Igual piensan que con eso les hacen un favor a los niños o creen que sus hijos les van a querer más, pero se equivocan completamente. Puede parecer una exageración, pero emplear el dinero del paro en regalar un móvil a los hijos debería estar castigado con la retirada de la ayuda”.

Estamos en una sociedad consumista en la que continuamente se nos está animando a tener más y más cosas. Las personas ricas aparecen como el referente del triunfo, del poder.
Educar a los hijos en el uso del dinero no consiste en explicarles la regla del interés compuesto. Se trata de que igual que aprenden a decir gracias, a comer con la boca cerrada , a hablar cuando tienen un conflicto, aprendan el valor y uso del dinero.

Y para ello es bueno :

▪ Evitar los caprichos en las comidas y bebidas: comer lo previsto para todos, no fuera de hora, en demasía, que aprendan a servirse la comida, sin elegir lo mejor para ellos; y a cuidar los modales en la mesa…

▪ Acostumbrarles a llevar un ritmo ordenado de vida, a aprovechar el tiempo, a levantarse y acostarse según lo previsto, respetar el plan de estudio establecido sin interrupciones.

▪ No ahorrarles sacrificios razonables: que aprendan a colaborar en pequeños encargos: hacer la cama, limpiar , ventilar el cuarto…

▪ De vez en cuando, ayudarles a revisar sus pertenencias para ver si hay juguetes u objetos que no necesita ni utiliza: pueden servir para otros hermanos o personas necesitadas.

 

Y si os preguntáis ¿Cuál es la medida del dinero que tienen que tener nuestros hijos? La respuesta es sencilla: Poco, poco, poco

dinero

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