Papá, mamá quiero hacerme un piercing…

Papá, mamá quiero hacerme un piercing…

La adolescencia trae consigo muchos cambios en los jóvenes, desde aquellos naturales de la edad, hasta los cambios que ellos mismos quieren producirse. Es una importante etapa de crecimiento personal en la que buscan una identidad, que muchas veces creen que puede llegar a través de un piercing o un tatuaje.

Antes, para “desmarcarse”, bastaba con llevar el pelo largo. Ahora, en cambio, muchos jóvenes y no tan jóvenes necesitan clavarse un anillo o un pendiente en la parte del cuerpo más inimaginable. Lo de colgarse un pendiente en el lóbulo de la oreja ya no “marca” lo suficiente; se han de buscar -removiendo la antropología- nuevas zonas, sólo accesibles a la última estética y a la cirugía de aficionado. No basta con rodearse la oreja con una hilera de pequeñas bisuterías, ahora se llevan “grapas” en las cejas, la cara, los labios, la lengua o el ombligo.

Cuando un joven se pone un pendiente ha tenido que violar, en cierto modo, las reglas del juego social y se ha tenido que someter -dependiendo de la parte del cuerpo a agujerear- a una dolorosa intervención quirúrgica. Esta acción no puede ser gratuita, no puede explicarse únicamente desde la moda o la desmesura juvenil; seguramente tiene un fundamento mucho más profundo que las heridas que dejan indelebles en la carne.

Nuestros hijos son jóvenes nacidos  y educados en la libertad, una libertad desprovista, en muchos casos, de responsabilidad que les ha conducido a la amargura, al vacío porque esta sociedad nos presenta un modo de vivir en el que lo único que importa es lo que siente y desea el corazón en cada momento, una especie de vivir infantil, de graves consecuencias. Cuando uno es auténtico dueño de la libertad debe responder de sus actos: de sus aciertos y de sus equivocaciones.

Yo creo que los piercings no se ponen, sino que crecen desde dentro, desde el inconformismo de muchos jóvenes que no tienen quiénes les escuchen. De pronto no llegan a casa, abren la puerta y dicen: “Papá, me he hecho un tatuaje, me he puesto un piercing”. Quieren decir que sólo han sido capaces de expresar su rebeldía de esa manera, que no les hemos enseñado otra, que no pueden hablar con otras palabras. Quieren mostrar que ya no hace falta que gritéis, ni que os rasguéis las vestiduras, que ya de nada sirve preguntarles el porqué, o echarles de casa; porque esos tatuajes y agujeros demuestran que los “mayores” no hemos hecho nada por reconducir esa radiante energía, no hemos sabido darle oportunidades para que se manifieste con armonía. La hemos ahogado a base de silencios, la hemos debilitado a fuerza de comodidades.

El tema de fondo es qué es lo que motiva a mi hijo a querer hacerse un tatuaje o un piercing.

Lo más importante es que debemos hablar con nuestros jóvenes sobre identidad, autoestima e imagen. Creo que estas cosas son las realmente importantes ante cualquier alteración del cuerpo, ya sea una rinoplastia, colocarse silicona, hacerse una liposucción, ponerse un piercing o hacerse un tatuaje. Y las coloco a todas juntas cuando su motivación no es un tema de salud, sino simplemente un tema estético.

Y termino citando a S. Pablo: “Todo me es permitido, pero no todo conviene. Todo me es permitido, pero no dejaré que nada me domine… Todo es permitido, pero no todo edifica” (1ª Corintios 6.12; 10.23).

¿Y tú que opinas?

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